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martes, 27 de septiembre de 2011

El proyecto sobre "muerte digna" comienza a tratarse en el Congreso - infobae.com



Será esta tarde, a partir de las 15, cuando expertos y profesionales diserten en un plenario organizado por cuatro comisiones. A esa hora, además, habrá otra reunión de las comisiones de Justicia, Seguridad Interior y Narcotráfico, Medios de Comunicación y Libertad de Expresión para debatir una norma que regule la búsqueda de personas desaparecidas.
El debate relacionado con la muerte digna, los cuidados paliativos y el estado de vida vegetativo fue organizado por las comisiones de Salud y Deporte; Legislación General; Presupuesto y Hacienda; y Trabajo y Previsión Social.
De la disertación participarán el juez de Cámara en lo Penal Pedro Álvarez; la integrante del Comité de Bioética del Hospital Garrahan Fernanda Ledesma; los médicos Florencia Luna y Vilma Tripodoro; y el secretario de educación médica dela Facultadde Medicina dela Universidadde Buenos Aires (UBA), Carlos Camillo.
María Elisa Barone, integrante del Comité de Bioética del INCUCAI; los médicos Claudio Mate y Alberto Díaz Legaspe; el profesor de bioética de la Universidadde Morón Daniel Chávez; el secretario ejecutivo de la Comisión Episcopal para la Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Argentina, Andrés Tello Cornejo, y el integrante de la secretaría de Derechos Humanos Juan Carlos Tealdi también fueron convocados a participar del debate, publicó el sitio Parlamentario.com.
Hasta el momento, en la Cámara alta hay cinco proyectos relativos al tema, presentados por César Gioja, Elena Corregido y Liliana Fellner (Frente para la Victoria); Liliana Negre de Alonso (Peronismo Federal); y Samuel Cabanchik (Proyecto Buenos Aires Federal).
La iniciativa de Gioja, por ejemplo, habla de “testamento vital”; Negre de Alonso, de modificar la ley 26.529 (derechos del paciente, historia clínica y consentimiento informado, respecto del derecho a la información); y Fellner, de protección de la calidad de vida frente a diagnósticos médicos y tratamientos de los mismos.

domingo, 28 de septiembre de 2008

¿Cuándo establecer el momento de la muerte?

header_original_modResponde la doctora Mantovani, de la Asociación de Médicos Católicos Italianos
ROMA, domingo, 28 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Desde las páginas del diario vaticano "Osservatore Romano", un artículo firmado por Lucetta Scaraffia ha reabierto una cuestión que periódicamente suscita discusiones y perplejidad: la declaración de muerte de una persona humana.
Para responder a este interrogante, Zenit ha recogido declaraciones de la doctora Chiara Mantovani, presidenta de la Asociación de Médicos Católicos Italianos (AMCI) de Ferrara, Italia.
En primer lugar, la doctora Mantovani afirma la necesidad de aclarar los términos usados.
Según la experta italiana, el término "muerte cerebral" es "una expresión errada, dañina, desviada" pero lamentablemente demasiado usada como sinónimo de "muerte encefálica" que es otra cuestión. "Para dar una idea aproximada, es como si dijéramos que dormir profundamente es como estar muerto", explica.
En cambio, por "muerte encefálica" se entiende "el silencio eléctrico (la ausencia total, repetidamente registrada, de toda actividad en la corteza cerebral, en el puente y en el bulbo: todo el encéfalo) de toda estructura encargada de generar y coordinar cualquier otra actividad del cuerpo".
Ya de esta definición genérica, explica la doctora Mantovani, se puede comprender que "alguien que parece muerto pero respira por sí solo y su corazón palpita con autonomía no está muerto". Lo que sucede, añade, "es que una parte del encéfalo está dañada pero no todo: lo que regula el corazón y los pulmones funciona".
La doctora prefiere no entrar en el argumento de si la vida de esta persona sea o no digna, inútil, insoportable. "Estas son valoraciones diversas de la simple constatación de que la vida no ha abandonado ese cuerpo", afirma.
¿Cómo establecer la muerte?, se pregunta. "Detectando el cese de las funciones que conocemos necesarias para la vida: respiración y circulación", responde. Y aclara que debe ser un cese, no una interrupción temporal y breve. Esta interrupción puede ser de un cuarto de hora en un adulto y de media hora en un niño. Sin oxígeno, el corazón deja de funcionar y el cerebro (todo el cerebro) se daña y no puede cumplir su función de coordinación de las funciones vitales.
La doctora aclara que los términos "coma" y "estado vegetativo" no son equivalentes a la muerte encefálica, es decir "el estado en el que, por lo que sabemos hasta ahora, la capacidad de realizar los procesos vitales ha desaparecido".
Y afirma que hoy en Italia la ley permite la extracción de órganos sólo en el caso de muerte confirmada con criterios neurológicos que definan un cuadro de muerte encefálica y no cerebral. Es decir, "el electroencefalograma plano no es todavía muerte encefálica, no se extirpan los órganos si los centros profundos bulbares dan aún signo de actividad eléctrica".
En este sentido explica que los cuidados médicos de ayuda a la circulación y respiración para mantener el necesario aporte de oxígeno se hace durante el tiempo necesario "para la constatación rigurosa de los criterios de muerte encefálica. Habría que hacer entender que es precisamente un mecanismo de seguridad para constatar que no nos hemos equivocado, que no ha habido un fallo en un registro dando resultados erróneos".
La experta afirma que no se trata de un problema "católico": "Los teólogos católicos expresan posturas coherentes con la teología partiendo de los datos de razón proporcionados por otras disciplinas". En el caso de un paciente anencefálico, aclara, "debería ser controlado en aquella parte de encéfalo que conserva y sólo ser declarado muerto cuando llega el silencio eléctrico". Justo en este caso-límite, se aplica toda la prudencia señalada anteriormente.
La doctora comenta otra afirmación muy extendida que califica de "sorprendente", según la cual, el problema de los trasplantes no se resuelve con una definición médico-científica de la muerte sino a través de la elaboración de criterios ética y jurídicamente sostenibles y compartidos.
Una tal afirmación, según la doctora Mantovani, es "una invitación a prescindir de los hechos". Y se pregunta: "¿Qué puede apoyar legítimamente el juicio sino el conocimiento del hecho, en la medida en que es posible a la razón y a la experiencia?".
Si se prescinde de los hechos, se pregunta la experta, "¿la verdad donde apoyar el juicio debería derivar del acuerdo sobre lo que es justo? ¿Sometemos a votación los criterios de constatación de la muerte?".
Tratar de elaborar criterios ética y jurídicamente compartidos es especialmente complicado, explica la doctora Mantovani.
"El problema ético --afirma-- tiene una (aparente) simple solución: se dispone con respeto del cadáver, se trata con respeto al viviente. Me parece superfluo detenerme en la diferencia entre ‘disponer' y ‘tratar'".
"La naturaleza de cosa, aunque noble, del cuerpo muerto corresponde a la sustancia cadavérica; la naturaleza de persona del cuerpo viviente corresponde a la sustancia del ser. La ética respecto a la una y la otra se aplica cuando reciben un tratamiento adecuado a su respectiva naturaleza", puntualiza.
En cambio el problema jurídico --indica-- es más complejo porque se trata de traducir a la práctica normas válidas para cada situación: "En un panorama ético y social dividido, y más todavía, fragmentado, como el moderno, esta es una operación cada vez más compleja. Pero si también la legislación se aleja de la concreción del dato conocido y honestamente reconocido, y se cae en la trampa de la concertación, entonces no sé imaginar qué posibilidad puede tener la ética de encontrar un fundamento común", concluye.

sábado, 1 de marzo de 2008

El infierno es estar solo - Texto inédito de Benedicto XVI

El artículo del Credo sobre el descenso del Señor a los infiernos nos recuerda que, de la revelación cristiana, forma parte no sólo el hablar de Dios, sino también su callar. Dios no sólo es la palabra comprensible, que se acerca a nosotros; también es la causa callada e inaccesible, incomprendida e incomprensible, huidiza. Ciertamente, en el cristianismo hay una primacía del logos, de la palabra con respecto al silencio: Dios ha hablado, Dios es la Palabra. Pero tampoco debemos olvidarnos del verdadero escondimiento de Dios. Sólo cuando lo hemos conocido como silencio, podemos esperar oír también su hablar, que emana de su silencio. La cristología culmina en la Cruz, el momento de la tangibilidad del amor divino, en la muerte, en el silencio y en la oscuridad. En el grito de muerte de Jesús: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», el secreto de Su descenso a los infiernos se hace visible como una lámpara en medio de la noche.
No debemos olvidar que esta frase del Crucificado es el verso inicial de una oración de Israel, en la cual se resume de modo impresionante la necesidad y la esperanza del pueblo elegido de Dios, en apariencia profundamente abandonado por Él. Esta oración presentada como un grito en medio de la oscuridad de Dios acaba con una exaltación de Su grandeza.
Se ha dicho que, en este artículo de fe, el término infierno sería sólo una traducción errónea de sheol (en griego: hades), palabra con la cual el hebreo definía aquella condición más allá de la muerte, que se imaginaba de un modo muy vago, como una especie de existencia en la sombra, más un no-ser que un ser. Por tanto, la frase habría significado originalmente que Jesús entró en el sheol, o sea que murió. Puede que esto sea verdad. Pero permanece la cuestión de qué es verdaderamente la muerte y qué sucede después, cuando alguien muere y penetra en el destino de la muerte. Todos nosotros debemos admitir nuestro embarazo ante esta pregunta. Pero quizá podríamos intentar un acercamiento partiendo del grito de Jesús. En esta última oración, así como en la escena del Monte de los Olivos, parece que el núcleo más profundo de su Pasión no es el dolor físico, sino su soledad radical, su completo abandono.
En este punto aparece verdaderamente el abismo de la soledad del hombre como tal, del hombre que en lo más íntimo está solo. Esta soledad, que por lo general es cubierta de muchos modos, significa al mismo tiempo la más profunda contradicción en la esencia del ser humano, que no puede permanecer solo, sino que tiene necesidad de comunión. Por tanto, la soledad es la esfera del miedo.
Aclarémoslo con un ejemplo. Si un niño debe caminar solo por un bosque en mitad de la noche, tiene miedo, también aunque se le haya demostrado que no tiene nada de lo que temer. En el momento en que está solo en la oscuridad y siente la soledad de manera radical, surge el miedo, el verdadero miedo del hombre, que no es miedo de algo, sino un miedo en sí mismo. El temor hacia algo determinado es, a fin de cuentas, algo inocuo; puede ser exorcizado alejando el objeto en cuestión. Lo que aquí tenemos es algo más profundo: el hecho de que el hombre, cuando encara la soledad definitiva, no tiene miedo de algo determinado, sino que tiene miedo de la soledad, de la inquietud y de la suspensión de la propia esencia, algo que no puede ser superado racionalmente. Es el estar a solas con la muerte, la siniestra sensación de la soledad en sí misma.
Debemos preguntarnos cómo puede ser superado un miedo así. El niño perderá su miedo en el momento en que haya una mano que lo tome y lo conduzca. También aquel que esté a solas con la muerte sentirá decrecer el impulso del miedo si alguien está con él. Debemos ir un poco más allá. Si existiese una soledad tal que ninguna palabra de otro pudiese llegar y tener un efecto transformante; si hubiese una suspensión de la existencia tan grave que en ese lugar no pudiera haber ningún tú, entonces tendría lugar esa verdadera y total soledad que el teólogo llama infierno. Lo que significa este término podemos definirlo precisamente así: una soledad en la cual no puede penetrar la palabra del amor, y que significa la verdadera suspensión de la existencia. En este contexto, es preciso recordar que los poetas y los filósofos de nuestro tiempo están convencidos de que todos los encuentros entre los hombres permanecen, sustancialmente, en la superficie; nadie tendría acceso a la verdadera profundidad del otro. Todo encuentro, aunque pueda parecer bello, a fin de cuentas no haría otra cosa que narcotizar la incurable herida de la soledad. En lo más íntimo y profundo de cada uno de nosotros habitaría el infierno, la desesperación, la soledad, que es tan indefinible como terrible. Sartre ha constituido su antropología sobre esta idea.
De hecho, una cosa es cierta. Hay una noche a cuyo abandono no llega ninguna voz; hay una puerta que podemos atravesar sólo en soledad: la puerta de la muerte. La muerte es la soledad por antonomasia. Pero aquella soledad en la cual el amor no puede penetrar es el infierno. Con esto nos situamos de nuevo en nuestro punto de partida. Cristo ha atravesado la puerta de nuestra última soledad; en su Pasión ha entrado en el abismo de nuestro ser abandonado. Allí donde no se puede escuchar ninguna voz, allí está Él. De este modo, el infierno está superado; o mejor: la muerte, que antes era el infierno, ya no lo es más. Ambas cosas no son ya lo mismo, porque en el corazón de la muerte está la vida, porque el amor habita en su corazón. El infierno es, o una clausura voluntaria o, como dice la Biblia, la segunda muerte.
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